VI Tallers internacionals per a joves traductors i escriptors 
Tarassona, 5-8 maig 2005

Invité par l’Université Autonome de Barcelone à Tarassona, en Espagne, j’ai confié le texte « Paradis des petites blanches » à cinq jeunes traducteurs.

Traducció: Julieta Carmona, Ana Carrión, Noelia Casero, Ferran Esteve, Àngels Polo
Diplomatura de Postgrau en Traducció Literària 2003-2004
Universitat Autònoma de Barcelona • Departament de traducció i d’interpretacio


Una inauguración en Bamako


Los franceses suelen decir, así lo he oído y leído a menudo: “los africanos piensan que nuestro sudor huele a muerte”o “que nuestro sudor tiene un olor desagradable como el de la leche”. De nuevo el fantasma de la alteridad: mirarse a través de los ojos del otro, inventarse una repugnancia, verse lleno de defectos. “Tenéis ojos pero no veis nada”, me cuenta un amigo francés haciéndose eco de la sabiduría africana que le fascina. Y no es sino nuestro narcisismo apasionado que quiere pensar, sentir, vibrar con el otro, en el otro. Nuestra libertad es la que nos empuja a ello, los siglos que llevamos de ventaja al resto del mundo: primero fue la conquista del individuo, ahora debemos pasar de un cuerpo a otro, atravesar los cuerpos. “Genética”, “prostitución”, habrá que hacerse a estas palabras.

Lo que diferencia del resto de turismos sexuales el de las jóvenes francesas es que este ejército de chicas cortadas por el mismo patrón encabeza la denuncia contra el turismo sexual, la prostitución, encabezan los combates morales más hipócritas de nuestra época. Hasta ahora sólo había visto chicas aisladas. Voy a la inauguración de una exposición en Bamako. Aquí llega una, esbelta, con una cara preciosa, expresiva, sonriente, afable, con el cabello cuidado, con algunas trencitas, un bolso de tela, unos pantalones sexys con un velo por encima, anudado a la cintura, mucho más elegante que esos trapos que llevan las norteamericanas cuando se disfrazan de africanas. Está con su novio negro, lleva un cigarrillo entre los dedos.
Luego llega otra francesa, casi idéntica, con un novio negro y un cigarrillo entre los dedos. Y una tercera, de rostro tan expresivo que parece la viva imagen de la tolerancia, sexy, un bolsito, un cigarrillo entre los dedos,y una cuarta y una quinta y así hasta más de diez. Todas fuman y todas tienen un novio local.
La exposición que se inaugura es de una artista francesa que ha vivido en Bamako y ha retratado a sus amigos en sus casas y parte de la ciudad. En su discurso dice que para ella es muy importante que esas fotos se expongan primero aquí, en África, y luego en Europa, y no empezar en Europa (sobreentendido: como siempre), que es importante que estas fotos hechas aquí regresen primero a las gentes de aquí. Ya había oído antes este discurso prefabricado a propósito de las pinturas malíes de Miquel Barceló,“desde luego es muy grave que no exhiba sus obras en Mali”, como si la creación fuera una suerte de limosna.
Luego, mientras charlamos frente a la galería, otra francesa nos enseña copias de sus fotos, que cuelga, acompañadas de algunos textos, en lugares de la ciudad, en tiendas y en cafés, con el apoyo de un servicio de cooperación europeo. Su tono de voz aumenta mientras se va animando para decir que enseña a las gentes “su”ciudad, con textos de poetas y escritores locales, “son sus palabras, es el colmo, Bamako, la capital de la fotografía, y es la primera vez que las fotos abandonan las salas de exposición, los marcos, que toman la ciudad, van al encuentro de la gente, y fíjate, la gente habla, la gente tiene que empezar a hablar, es muy importante para que puedan apropiarse de las imágenes de su ciudad”.
Este trasfondo de letanía permanente no se distingue si no nos distanciamos de nuestro mundo, a través del viaje o de las opciones intelectuales. Si realmente nos diéramos cuenta, no impondría su presencia en todos los informativos, en cada brizna de pensamiento europeo cogida al vuelo por el mundo, en cada conversación con franceses.
En la exposición se ve el retrato de un hombre maduro con una mujer negra más joven que él. La francesa que visita la exposición conmigo, el cigarrillo entre los dedos, critica la decoración de la casa del hombre, dice que ha reproducido el mismo interior que si estuviera en Francia, y añade: “sí, pero no estaría con la chica, aunque hoy tienen asociaciones que las traen”.

En el consulado de Mali en París, se respira la atmósfera de la administración malí. Hay gente, hablan alto, son corpulentos, reclaman unos papelesque llevan meses esperando. Para los visados debes pedir a la señora que se encarga un número escrito a mano en un trozo de papel, y rellenar los formularios mientras esperas tu turno. Entre los franceses que hacen cola encuentras sistemáticamente dos personajes, he ido a menudo y siempre están allí. Está el tipo que conoce bien África, maduro, no cooperante, algo aventurero, con o sin bigote, espabilado, simpático, que da buenos consejos a quien se los pide: buen conocedor de África, está en su elemento. Para los de mi generación, hay un nuevo personaje: una chica más bien frágil, en general realmente guapa, un poco antisistema pero sin pasarse, que sabe lo que quiere, con los pies en el suelo. En el caos del consulado ya se siente feliz, es tal y como lo había imaginado: hace calor, está mal organizado, la gente grita, es genial, esto ya es África. Saluda efusivamente a la señora desagradable de la ventanilla, reparte sonrisas a su alrededor, a los niños, a sus madres, a todos esos hombres que la encuentran sexy, siente que el país ya la ha adoptado. Le encanta prestar el bolígrafo a todos los que no llevan uno (me saca de quicio: nadie va a un consulado sin bolígrafo) o rellenarles los formularios si son analfabetos. Se siente como en casa, lo tiene claro, es lo suyo. Y alguien responde a sus sonrisas, la aprecian. Es como si ya hubiera empezado a hacer cosas útiles por las mujeres y los niños, esas cosas que le gustaría llevar a cabo allí, si encuentra trabajo para quedarse. Son tan necesarias para el país.

En Francia me pareció más bien moderna: me la encuentro en Bamako con un rasta que hace joyas, juntos tiñen telas de algodón utilizando técnicas tradicionales, con colores sucios.
Los países del Sahel no son países machistas. Las chicas pueden pasear solas sin ningún peligro, al contrario que en los países del Magreb, se las respeta, están mejor consideradas que los chicos, que no reciben ningún trato especial. Por lo tanto muchas vienen solas. Se “integran” rápido, viven con su novio local en los patios familiares donde todos comen del mismo plato, adoptan su forma de hablar. Cuando te las encuentras al cabo de unos meses, utilizan muletillas locales que al salir de su boca las hacen parecer simples: “Ah, claro, sí”, “ah, no claro, que mal, ah no, no claro”. Enuncian  lentamente cada expresión porque se las dan de estar “al nivel de la gente”. La chica del consulado tiene esta desfachatez: se hace la sencilla, ¡como si no hubiera estudiado más que su marido, al que me presenta con un entusiasmo insaciable que presupone todo lo que él me podría enseñar! Durante la cena, esa misma noche, compara el campo de acogida de inmigrantes ilegales de Sangatte con los campos de concentración. Compara a Bush con Bin Laden: “Estados Unidos no es mejor”.
Por lo general, las chicas con las que me cruzo en África son gente “comprometida” en Francia. Una de ellas abandonó sus estudios en parte porque la habían “amenazado” a raíz de su implicación en el movimiento de los intermitentes del espectáculo: “sabía demasiado”. La chica con la que ceno habla de su implicación en el movimiento de los sin papeles, del ambiente durante la ocupación de una iglesia. No le gusta el mundo del comercio, del capitalismo. Antes de cenar, la encontré en el puesto que alquila para vender joyas. Según ella, aquello no es comercio, sino creación. Qué más da. No sospecha que el malentendido radica en África, en los sin papeles que nada tienen en común con sus convicciones, hijos de una cultura de comerciantes y capitalistas. El malentendido se halla en su novio, que sueña con tener un negocio, una tienda. Si hubiese nacido en el seno de una familia adineradas sería como esos alumnos malíes del Liceo francés que menosprecian a sus profesores blancos porque piensan que no son nada al lado de sus padres ni de lo que ellos serán cuando esos criados intelectuales les hayan aprobado la selectividad que les permitirá estudiar en Francia o en los Estados Unidos, a fin de convertirse en verdaderos capitalistas, algo que a los sin papeles les costará conseguir porque empezaron pobres.
Además de las joyas y los tintes (es algo pasajero para aprovecharse del dinero de los cooperantes, a los que odian, durante las fiestas de fin de año), el novio ha trabajado en una ONG que puso en práctica un proyecto de “sensibilización” en escuelas piloto. Incluso he visto un gran cartel en la carretera: “ESCUELA AMIGA DE LA INFANCIA - ESCUELA AMIGA DE LAS NIÑAS”. Ella prepara una fotonovela para un francés que dirige una obra de teatro sobre la ablación: fotografía las escenas de la historia para un libro que se distribuirá en algunas clases, con el apoyo de un servicio de cooperación europeo.

En África te tropiezas enseguida con la palabra “sensibilización”, casi al bajar del avión. Cae en mis manos un nuevo folleto de una asociación que se ha instalado en varios países de África occidental con el dinero de grandes organismos franceses e internacionales: van de pueblo en pueblo provistos de un material ligero para proyectar películas, me lo imagino, se revive la atmósfera de las proyecciones de antaño, en una sábana, hoy con un generador, un ordenador portátil y un proyector. Son buenos momentos que merece la pena vivir: hacerles este regalo, provocar la risa de todo un pueblo y disfrutar a cambio con el ambiente que se ha creado. El placer compartido habría justificado plenamente su proyecto. Pero... el folleto anuncia que antes de la “sesión”, en cada pueblo, en cada etapa, los franceses proyectan una película “educativa”, y concreta: salud, derechos de las mujeres, derechos de los niños, etc. Luego se da prioridad al “cine africano”. En la sábana, en este mundo perfectamente estático donde nada se mueve, está claro que la gente adora las películas de kung-fu, el cine hindú, con tiros, con canciones, con bailes, con piruetas por los aires. ¿Acaso esos nuevos curas no hubieran podido complacerse complaciendo y anunciarlo así sin más en el folleto? Vestir a los salvajes, siempre la misma historia.